UNA SIMBIOSIS DE HONOR
Enfermeros y médicos: actores atemporales de una de las relaciones más férreas y fieles que existen, de esas que se doblan pero no se quiebran. Compañeros de navidades y años nuevos, de abandono familiar y reproches personales; porque este dúo dinámico basado en el respeto y la admiración del uno por el otro pasan más tiempo juntos que con sus propias familias, compartiendo frustraciones, esperanzas y algún que otro triunfo.
Enfermeros y médicos: dueños absolutos de una confianza mutua inquebrantable; dirigida siempre en una sola dirección (el bienestar de aquel que sufre), intentando con sus conocimientos curar, no solo el cuerpo, sino también el alma, porque a veces, con una caricia basta, de eso ellos pueden dar cátedra.
Enfermeros y médicos: unidos en ese aprendizaje diario y constante que la vida, cual maestra dura y represora, a golpe de puntero, nos enseña y nos marca a fuego; la mayoría de las veces con dolor, pero de vez en cuando también con una vida salvada y un “GRACIAS” que supera cualquier paga monetaria.
Enfermeros y médicos: despojados de títulos y honores, se arremangan juntos como hermanos y pares, porque ellos saben bien que ningún papel ni estudio cambia lo que son como personas, y dejan de lado el individualismo para ser un verdadero equipo, donde nadie es más que el otro y cada cual cumple el rol que en este teatro le tocó actuar.
Enfermeros y médicos: se caen y se levantan una y otra vez, apoyándose el uno en el otro, consolándose y felicitándose mutuamente, soportando hieles pero también mieles. Tratando de mantener en el tiempo esa amistad forjada a través de los años, de noches en vela, de jornadas eternas, de inundaciones amenazantes, de chusmerios maliciosos y de las cosas que pasaron juntos, intentando que alguna vez, en algún homenaje en su honor, se transformen en anécdotas risueñas, que seguramente, aquel que escucha, envidiará sanamente, al ver en ellos un amor tan fuerte.
María del Mar Solari Gatti

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