Heridas Incurables
Llegó a la guardia y lo registré como de costumbre: escribí los
datos iniciales prolijamente en la ficha adecuada...
Al principio, fue tan sólo otro paciente más...
..."Niño de sexo masculino. Cinco años, aproximadamente,
de edad. Ingresa a la guardia por haber sido atacado por su perro el cuál
le produjo dos heridas bastante profundas: una en el rostro, inmediata a la
comisura labial izquierda - de unos doce centímetros de longitud -, de bordes
sinuosos y fondo sangrante y la otra, en la región posterior del pabellón
auricular - de unos tres centímetros aproximadamente, por la que se podía ver
con claridad en el fondo, el blanco inconfundible del cartílago..."
Víctor, temblaba asustado ; hasta se podía oír desde la otra
habitación el castañeo de sus dientes ... Estaba irritable: tenía el llanto
fácil.
Lo había traído su padre, a quién me dirigí a partir de darme
cuenta que Víctor no me contestaría nada más que con llanto o espacios de
silencios.
Luego de indicarle a la enfermera qué analgésico suministrarle al
pequeño me detuve un momento a observar al hombre que aguardaba mis palabras:
"Mire señor..si bien la heridas producidas por mordedura
de perro no se suturan - no se cosen - decido suturar las de su hijo para
tratar de detener el sangrado y también por lo que usted me cuenta acerca de
las condiciones donde vive" ( El pobre hombre me había referido , casi con
vergüenza - la descripción de su vivienda: un ranchito con paredes de adobe y
techo de paja donde una única dependencia hace las veces de sala-comedor-cocina
y dormitorio para los once integrantes de la familia. el suelo es de tierra y
las mascotas duermen también dentro de la casa)
_ lo que usted diga nomás doctora...el papá me respondió
solemne pero amable
Víctor seguía llorando su desconsolado susto de modo que me
arrodillé para estar a su altura. Le tomé una de sus manitos temblorosas,
le acaricié la cabeza y le dije casi en secreto, como cuando uno quiere lograr
cierta complicidad con el otro:
_ No me tengas miedo mi cielo...Yo te voy a curar las
"nanitas" que tenés, ¿sabés?"...
Como el niño no contestaba nada, y no hacia ningún gesto
asintiendo o negando, insistí en platicar con él:
_¿Entendes lo que te cuento?...
El niño seguía llorando sin responder...
Fue entonces ,cuando el padre me dijo que no hablaba... que era
igual que su hermanito Danilo de diez años... que los médicos de Buenos. Aires
le dijeron que no tenia ningún problema en la lengua ni en la cabeza pero que
no hablaría nunca más porque la mamá se había asustado cuando estaba
embarazada...
Dejé que las explicaciones genuinas del hombre siguieran
alivianando su alma
Mientras, me afanaba en esa serie de rituales muy familiares para
mí, destinados a suturar las heridas del niño :lavarme las manos, preparar el
instrumental, las gasas, el campo quirúrgico, volver a lavarme las manos,
colocarme los guantes, pintar, anestesiar, suturar...
Mi mente estaba ocupándose de la rutina previa a la intervención
quirúrgica, escuchando las palabras del padre de Víctor y preocupándose por el
"caso Víctor" que en instantes pasó a ser, de un niño herido por un
perro, a ser el niñó sordo decidido por el destino desde su nacimiento...
Los despedí anunciándoles que deberían volver al día siguiente
para control...
Mientras los veía irse, una retahíla de pensamientos propios de
médico comenzó a perturbarme:
¿como podía ser que un niño sin ninguna patología orgánica no
pueda hablar, pero, sí, llorar... y...¡bien fuerte que lo hacía!...¿ se debería
tal vez a la falta de estimulación por parte de los padres?...Por regla
general, cuando los padres tienen muchos hijos - y Víctor era el
cuarto de nueve hermanos - no se acuerdan siquiera del nombre de algunos,
menos su cumpleaños y menos aún de estimularlos como es debido....El tiempo de
la pobreza es distinto del de los que no la sufrimos y se lleva por delante la
felicidad, y hasta la vida...
Víctor tenía una herida más grave de la que yo había atendido...
Amargamente concluí en que aquélla era una herida que yo no podría
curar. Quedaría en la cabecita y el corazón de Víctor como una de las
muchas frustraciones que la vida tenía para él.
Al otro día, cuando concurrió a control, ví al niño más activo,
tranquilo y pronunciando onomatopeyas sin sentido pero perfectamente audibles.
Mi hija, que rondaba por allí, estaba saboreando un chupetín. Cuando Víctor la
vió, comenzó a gritar señalándola, por lo que interpretamos que quería el
chupetín...Saqué del bolsillo de mi ambo uno de frutilla y se lo ofrecí al
niño: lo tomó, lo observó y me lo devolvió diciéndome algo en su idioma que
entendí como "pelámelo"...Quité entonces la envoltura de celofán y se
lo devolví listo para degustarlo. Lo tomó nuevamente, se lo metió en la boca y
comenzó a aplaudir muy contento...con una alegría que se notaba a diez cuadras
a la redonda... Y reía. Sí, reía, con una risa hermosa, cristalina y
melodiosa....
Esta vez, me permitió revisarlo sin rastros del miedo del día
anterior.
Me cercioré de que sus heridas estaban evolucionando bien...Lo
acaricié y le expliqué que debía cuidar su "nanita" para que pudiera
comer muchos chupetines más.
Víctor me miró, saco la esfera dulce con sabor a frutillas de su
boquita y se acercó para estrecharme con un abrazó con fuerzas y me dio
besos...los besos más dulces que me dieron en mi vida...
Ahora me tocaba a mí imitárlo, lo besé en el "cachetito"
sano con olor a humo, lo miré y le sonreí..
No sé si fue porque me vio lagrimear o porque le gustó el chupetín
, el caso es que Víctor en ese momento me regaló su mejor sonrisa y otro de sus
besos dulzones.
A partir de entonces, dejó de ser un "paciente de sexo
masculino de cinco años de edad aproximadamente"... para pasar a ser
Víctor, el niño de los ojos negros charlatanes (porque apuesto que si lo
ven, comprenderían de inmediato que sus ojos hablan) , de carita como lunita
trigueña, con restos de mocos viejos pegados y olor a humo, de contextura
pequeña, cabello castaño clarísimo quemado por el sol y el frío, de dientes con
caries y sucios pero de sonrisa muy amplia... la cicatriz que le había quedado
no opacaba en nada la luminosidad de su sonrisa..
Cada vez que venía a verme, la escena se repetía, entre mimos, le
limpiaba los mocos, le lavaba su carita y lo peinaba...Y él se dejaba hacer,
sabiendo que el chupetín era el lazo de amor que nos había unido y permitido la
confianza,
Cuando se marchaba de la mano de su padre, se daba vueltas a
mirarme cada dos o tres pasos: se detenía, agitaba su manito a modo de saludo y
yo le correspondía tirándole besos.
La última vez que lo ví, como en una premonición de mi partida,
sin sacarme la vista de encima, en un idioma inocente que sólo yo entendí, me
dijo...¡"Gracias"!...
Fue, sin dudas, la mejor
retribución que en mi vida de médico pueda recibir.
Con el tiempo, tal vez me recuerde al mirar su cicatriz en un
espejo. Pero dudo mucho que comprenda lo hondo que caló en mí.

0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home