sábado, junio 09, 2012


Heridas Incurables

Llegó a la guardia y lo registré como de costumbre: escribí los datos iniciales prolijamente en la ficha adecuada...
Al principio, fue tan sólo otro paciente más...
..."Niño de sexo masculino. Cinco años, aproximadamente, de edad. Ingresa a la guardia por haber sido atacado por su perro el cuál  le produjo dos heridas bastante profundas: una en el rostro, inmediata a la comisura labial izquierda - de unos doce centímetros de longitud -, de bordes sinuosos y fondo sangrante y la otra, en la región posterior del pabellón auricular - de unos tres centímetros aproximadamente, por la que se podía ver con claridad en el fondo, el blanco inconfundible del cartílago..."
Víctor,  temblaba asustado ; hasta se podía oír desde la otra habitación el castañeo de sus dientes ... Estaba irritable: tenía el llanto fácil.
Lo había traído su padre, a quién me dirigí a partir de darme cuenta que Víctor no me contestaría nada más que con llanto o espacios de silencios. 
Luego de indicarle a la enfermera qué analgésico suministrarle al pequeño me detuve un momento a observar al hombre que aguardaba mis palabras:
"Mire señor..si bien la heridas producidas por mordedura de perro no se suturan - no se cosen - decido suturar las de su hijo para tratar de detener el sangrado y también por lo que usted me cuenta acerca de las condiciones donde vive" ( El pobre hombre me había referido , casi con vergüenza - la descripción de su vivienda: un ranchito con paredes de adobe y techo de paja donde una única dependencia hace las veces de sala-comedor-cocina y dormitorio para los once integrantes de la familia. el suelo es de tierra y las mascotas duermen también dentro de la casa)
_ lo que usted diga nomás doctora...el papá me respondió solemne pero amable
Víctor seguía llorando su desconsolado susto de modo que me arrodillé para estar a su altura. Le  tomé una de sus manitos temblorosas, le acaricié la cabeza y le dije casi en secreto, como cuando uno quiere lograr cierta complicidad con el otro:
_ No me tengas miedo mi cielo...Yo te voy a curar las "nanitas" que tenés, ¿sabés?"...
Como el niño no contestaba nada, y no hacia ningún gesto asintiendo o negando, insistí en platicar con él:
_¿Entendes lo que te cuento?...

El niño seguía llorando sin responder...
Fue entonces ,cuando el padre me dijo que no hablaba... que era igual que su hermanito Danilo de diez años... que los médicos de Buenos. Aires le dijeron que no tenia ningún problema en la lengua ni en la cabeza pero que no hablaría nunca más porque la mamá se había asustado cuando estaba embarazada...
Dejé que las explicaciones genuinas del hombre siguieran alivianando su alma
Mientras, me afanaba en esa serie de rituales muy familiares para mí, destinados a suturar las heridas del niño :lavarme las manos, preparar el instrumental, las gasas, el campo quirúrgico, volver a lavarme las manos, colocarme los guantes, pintar, anestesiar, suturar...
Mi mente estaba ocupándose de la rutina previa a la intervención quirúrgica, escuchando las palabras del padre de Víctor y preocupándose por el "caso Víctor" que en instantes pasó a ser, de un niño herido por un perro, a ser el niñó sordo decidido por el destino desde su nacimiento...
Los despedí anunciándoles que deberían volver al día siguiente para control...
Mientras los veía irse, una retahíla de pensamientos propios de médico comenzó a perturbarme:
¿como podía ser que un niño sin ninguna patología orgánica no pueda hablar, pero, sí, llorar... y...¡bien fuerte que lo hacía!...¿ se debería tal vez a la falta de estimulación por parte de los padres?...Por regla general, cuando los padres tienen muchos hijos  -  y Víctor era el cuarto de nueve hermanos -  no se acuerdan siquiera del nombre de algunos, menos su cumpleaños y menos aún de estimularlos como es debido....El tiempo de la pobreza es distinto del de los que no la sufrimos y se lleva por delante la felicidad, y hasta la vida...
Víctor tenía una herida más grave de la que yo había atendido...
Amargamente concluí en que aquélla era una herida que yo no podría curar. Quedaría en la cabecita y el corazón de Víctor como una  de las muchas frustraciones que la vida tenía para él.
Al otro día, cuando concurrió a control, ví al niño más activo, tranquilo y pronunciando onomatopeyas sin sentido pero perfectamente audibles. Mi hija, que rondaba por allí, estaba saboreando un chupetín. Cuando Víctor la vió, comenzó a gritar señalándola, por lo que interpretamos que quería el chupetín...Saqué del bolsillo de mi ambo uno de frutilla y se lo ofrecí al niño: lo tomó, lo observó y me lo devolvió diciéndome algo en su idioma que entendí como "pelámelo"...Quité entonces la envoltura de celofán y se lo devolví listo para degustarlo. Lo tomó nuevamente, se lo metió en la boca y comenzó a aplaudir muy contento...con una alegría que se notaba a diez cuadras a la redonda... Y reía. Sí, reía, con una risa hermosa, cristalina y melodiosa....
Esta vez, me permitió revisarlo sin rastros del miedo del día anterior.
Me cercioré de que sus heridas estaban evolucionando bien...Lo acaricié y le expliqué que debía cuidar su "nanita" para que pudiera comer muchos chupetines más.
Víctor me miró, saco la esfera dulce con sabor a frutillas de su boquita y se acercó para estrecharme con un abrazó con fuerzas y me dio besos...los besos más dulces que me dieron en mi vida...
Ahora me tocaba a mí imitárlo, lo besé en el "cachetito" sano con olor a humo, lo miré y le sonreí..
No sé si fue porque me vio lagrimear o porque le gustó el chupetín , el caso es que Víctor en ese momento me regaló su mejor sonrisa y otro de sus besos dulzones.
A partir de entonces, dejó de ser un "paciente de sexo masculino de cinco  años de edad aproximadamente"... para pasar a ser Víctor, el niño de los ojos negros charlatanes (porque apuesto que si lo ven, comprenderían de inmediato que sus ojos hablan) , de carita como lunita trigueña, con restos de mocos viejos pegados y olor a humo, de contextura pequeña, cabello castaño clarísimo quemado por el sol y el frío, de dientes con caries y sucios pero de sonrisa muy amplia... la cicatriz que le había quedado no opacaba en nada la luminosidad de su sonrisa..
Cada vez que venía a verme, la escena se repetía, entre mimos, le limpiaba los mocos, le lavaba su carita y lo peinaba...Y él se dejaba hacer, sabiendo que el chupetín era el lazo de amor que nos había unido y permitido la confianza,

Cuando se marchaba de la mano de su padre, se daba vueltas a mirarme cada dos o tres pasos: se detenía, agitaba su manito a modo de saludo y yo le correspondía  tirándole besos.
La última vez que lo ví, como en una premonición de mi partida, sin sacarme la vista de encima, en un idioma inocente que sólo yo entendí, me dijo...¡"Gracias"!...
Fue, sin  dudas, la mejor retribución que en mi vida de médico pueda recibir.
Con el tiempo, tal vez me recuerde al mirar su cicatriz en un espejo. Pero dudo mucho que comprenda lo hondo que caló en mí.